
Las fotografías de su página web podrían disuadir a una persona de buen comer, pero uno sale de La Salgar, si no con el estómago lleno – que tampoco es plan -, seguro satisfecho. La comida, el servicio y las instalaciones son exquisitos. El entorno, inmejorable en plena ciudad: Una gran cristalera separa el comedor del paisaje verde del Museo Etnográfico del Pueblo de Asturias.
El marco incomparable de horreos y árboles, su elegante decoración y una sabrosa oferta de platos tradicionales con toques de modernidad lo convierten en uno de los mejores restaurantes de Gijón.
Mi memoria puede aún saborear el cabritu con patatines y la merluza en salsa de oricios que tuve la oportunidad de probar en La Salgar hace meses.
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